Los niños son esos graciosos seres humanos que deambulan por el hogar regalando alegría, suelen ser el centro de la atención, conquistan a cada uno de los miembros del grupo familiar con las diversas actividades que desarrollan, desde sus gestos hasta sus peculiares preguntas.
Según manifiesta Céspedes (2008), los niños nacen programados para conquistar la felicidad y vivir en armonía, sin embargo, será el ambiente el encargado propiciar o extinguir las conductas que los lleven al logro de aquello, a través de las herramientas que les proporciones en pro de su conformación como seres fuertes o vulnerables ante los desafíos que les presente la vida, para lo cual resulta fundamental educar las emociones desde muy temprano. Dentro de los cuidados básicos que debe recibir un niño está la necesidad de recibir afecto, lo cual va a repercutir en la capacidad del niño de crear vínculos afectivos positivos con sus adultos significativos.
En este sentido, el comienzo de la vida escolarizada es un momento que se enmarca en grandes cambios, los cuales van desde dejar ser el centro de atracción, hasta compartir con pares desconocidos hasta ese momento, enmarcándose en las reglas que el establecimiento educacional dictamine. La dinámica de acción deja de ser flexible y se comienzan a realizar actividades guiadas y juegos normados, para los que el niño debe adaptarse si es que quiere lograr una integración positiva. En el contexto escuela, se llevan a cabo diversas actividades, entre ellas las de carácter motriz, en las que el niño tendrá la posibilidad de probarse a sí mismo que es capaz, según destaca Jiménez, (2001) es allí donde tienen la posibilidad de relacionarse consigo mismo y descubrir las diversas posibilidades de exploración y logro, además de relacionarse con sus pares y con los objetos que los rodean. De esta manera, si el niño ha tenido vínculos afectivos significativos en su primera infancia, tendrá la posibilidad de desenvolverse sin temor a enfrentar a los demás, lo cual resulta ser fundamental para su desarrollo posterior. Por otra parte, los educadores, tienen la tarea de acoger y brindar el apoyo que cada uno de sus alumnos requiera, además de contenerlos en situaciones que lo demanden y, por consiguiente, dar distintas posibilidades para que la experimentación y el conocimiento a través de la vivencia resulte ser una experiencia entretenida y enriquecedora.
En este contexto, es fundamental que los padres y educadores les brinden la posibilidad de que compartan de manera positiva con sus pares, celebrando y asistiendo a fiestas de cumpleaños, compartiendo paseos, visitando a compañeros y familia en extenso, entre otras. Cabe destacar que los niños suelen imitar las conductas que sus adultos significativos llevan a cabo, por lo cual es importante predicar con el ejemplo, ser asertivos, compartir, tener buen sentido del humor, aceptar los errores como parte del aprendizaje, escuchar a los demás, entre otros. Muchas veces, resulta difícil comunicarse con los niños y/o adolescentes porque no se les conoce a cabalidad, según expresa Céspedes (2008), de esta manera las creencias y prejuicios comienzan a jugar un rol fundamental y erróneo dentro de la relación. Por consiguiente, y teniendo como base el amor existente entre padres e hijos, es positivo realizar actividades que lleven a reafirmar vínculos de confianza y conocimiento, ya que las personas cambian y, en algunas ocasiones, los padres se quedan con la idea de que sus hijos son siempre los pequeños niños de antaño y no los niños con nuevas experiencias que los conforman como personas con intereses y motivaciones fluctuantes, las cuales distan de las existentes en el pasado.
Por otra parte, Wicks-Nelson (1997, p 31) sostuvo que “la función primordial del colegio es enseñar al niño las habilidades y los conocimientos intelectuales acumulados por la sociedad” y continúa afirmando que esto “también incluye tareas de socialización más amplias”. En este sentido, la planificación educacional no sólo debe incluir el desarrollo de objetivos verticales, sino también transversales, con el fin de educar a los individuos de manera integral. Por consiguiente, entrenar a los niños en habilidades sociales y valores socialmente aceptables, les da la posibilidad de poder entrenarse para la vida adulta en un marco de interacción basado en las relaciones interpersonales positivas, lo cual será un aporte sustancial para la construcción de una vida armoniosa y por tanto, feliz.
Desde hace algunos años, se ha venido estudiando la inteligencia desde distintos ángulos, ya no sólo a modo de coeficiente intelectual, basándose en la escala de Binet, sino también la inteligencia emocional y las inteligencias múltiples planteadas por Gardner, entre ellas la personal (intra e interpersonal), ante lo cual Antunes (2003) plantea diversas metodologías para desarrollar las inteligencias múltiples en el aula. La inteligencia intrapersonal es aquella relacionada con el “yo”, es decir, con el autoconocimiento, automotivación, autoestima, en otra palabras una inteligencia interior; en tanto que la interpersonal es la inteligencia relacionada con el conocimiento del otro, de la empatía, es decir, una inteligencia externa, relacionada con la comunidad. De lo anterior se desprende que en el presente, no sólo se valora el aprendizaje de ciencias exactas, sino que también existe una preocupación por el ser humano integral, con sentimientos y emociones, con relaciones interpersonales positivas que es capaz de estrechar vínculos, lo cual debe ser educado, en el hogar y en la escuela y su base fundamental es el amor, una persona querida es alguien que va a saber amar porque su vivencia lo ha llevado a ejercitar aquello.
Según expresa Liford, (2003) la educación debe tender al desarrollo de la personalidad, ya que de esta manera los niños tendrán la tendencia a crecer más seguros de sí mismos, armónicos y equilibrados. Tener personalidad implica la adaptación de la voluntad y la inteligencia en su justa dirección. Un individuo con personalidad posee principios nobles y se mantiene firme en ellos aún cuando aquello requiera de sacrificios.
Los niños de hoy, representan lo que va a ser nuestra sociedad del mañana, en este sentido, en fundamental que los padres y educadores formales se encuentren preparados para asumir la responsabilidad de educar con la conciencia cierta de estar llevando a cabo una tarea seria, a conciencia, planificada, instruida.
Bibliografía:
• Antunes, C. (2003). ¿Cómo desarrollar contenidos aplicando las inteligencias múltiples. Buenos Aires: Talleres gráficos color Efe.
• Céspedes, A. (2008). Niños con pataleta, adolescentes desafiantes. Santiago: Editorial Vergara.
• Céspedes, A. (2008). Educar las emociones, educar para la vida. Santiago: Editorial Vergara.
• Jiménez, G. (2001). Educación física parvularia. Valparaíso: Universidad Católica de Valparaíso.
• Lyford, A. (2006). Hijos con personalidad…raíces y alas. Santiago: Ediciones Universidad Católica de Chile.
• Wicks-Nelson, R. (1997). Psicopatología del niño y del adolescente. Madrid: Pearson educación S.A.
lunes, 27 de junio de 2011
El mundo del adolescente
La adolescencia es una etapa conflictiva y dificultosa, ya que en ella se deben tomar múltiples y variadas decisiones, a la vez que se experimentan cambios de diversos, a saber: físico, sexual, cognitivo, emocional, social, entre otros. A este respecto, es fundamental que el adolescente cuente con la contención, comprensión y afecto que requiere por parte de su familia y adultos significativos, en pro de su bienestar. Sin lugar a dudas los padres juegan un rol fundamental, sobre todo en lo relativo al proceso de crianza, ya que mientras más herramientas posea el adolescente para enfrentar esta etapa de su vida, mayor será también su capacidad de reflexión en torno a situaciones límite. En este sentido, Langford (2010, p. 66) señala que “debemos enseñar a nuestros hijos a ser responsables de sus actos”, con el fin de que asuman que cada uno de ellos tienen consecuencias, las cuales pueden ser positivas o negativas y que aquello es su responsabilidad. En este sentido, en la familia debe primar el amor, a su vez, debe existir una autoridad clara, basada en que se cumplan y una comunicación expedita, en la que los padres más que hablar, deben saber escuchar a sus hijos. (Langford, 2010)
Es oportuno considerar que el bienestar de los jóvenes, no sólo tiene que ver con su condición económica, sino también con el contexto social y político, por consiguiente, el cuidado y los mecanismos de prevención en torno a los menores de edad, variara dependiendo del lugar del mundo en el cual éste habite. (Wicks-Nelson, 2004) En este sentido, los adolescentes de nuestro país se ven enfrentados a identificar sus intereses y por consiguiente, cimentar las bases de lo que se será su futuro, debiendo conjugar, en muchas ocasiones, las expectativas que la familia ha depositado sobre ellos y cumplir con exigencias académicas que le son inherentes, lo cual implica un estrés adicional.
Dado lo anteriormente expuesto, resulta relevante poner atención a la salud mental de los jóvenes, ya que pese a poseer buena salud física, salvo excepciones, podrían darse casos en los que se susciten trastornos de diversa índole, entre los que se destacan dietas peligrosas, (con su consecuente desequilibrio nutritivo) bulimia, anorexia, obesidad, episodios de violencia, depresión, (llegando a extremos tales como el suicidio) dificultades en la orientación sexual, consumo excesivo de alcohol y drogas, trastornos de la conducta disocial, delincuencia juvenil, uso de estimulantes, trastornos obsesivo-compulsivos, trastornos de bipolaridad, esquizofrenia, trastornos del desarrollo de la personalidad, entre otras (Santrock, 2003) En estas situaciones es fundamental actuar a tiempo y pedir la ayuda de profesionales especialistas en el área para lograr una intervención oportuna, eficiente y efectiva. Claro está, que la prevención juega un rol fundamental, en este sentido la educación y formación en ámbitos como el fortalecimiento de la voluntad (este último, antes de los 5 años de edad) por parte de los padres resultan ser agentes de gran utilidad. Por consiguiente, los padres son los principales encargados orientar conductas a seguir, estableciendo límites claros, desarrollando la capacidad de espera y propiciando la tolerancia a la frustración, entre otras habilidades.
Por otra parte, la búsqueda constante de una identidad propia resulta ser una tarea titánica en la que, los adolescentes, deben evaluar detenidamente variadas alternativas, en pro de la consecución de conclusiones propias y decisiones tomadas por ellos mismos (Bórquez, 2006), en este contexto, se ven interesados en experimentar nuevas sensaciones, generalmente, como integrantes del grupo de pares al que pertenezca, llevando a cabo conductas límites y/o de riesgo. Estas conductas revisten un peligro para el desarrollo positivo de los jóvenes, en tanto no sean capaces de establecer sus propios límites de acción, sobre todo cuando es el grupo de pares el que exige y presiona ante una situación determinada, teniendo en cuenta que lo que los hace permanecer unidos es una conciencia de solidaridad que, en ocasiones puede ser mal entendida.
Por otra parte, es importante destacar que, por lo general, existe un líder y, dependiendo de su forma de actuar, puede incitar al resto a desarrollar actividades que, aunque no quieran o consideren incorrecto ejecutarlas, sienten miedo de que su oposición pueda relegarlos del grupo. En este sentido, considero importante que los padres conozcan al grupo de amigos de sus hijos y a sus padres, creando instancias para compartir con ellos, dando espacios para que los adolescentes se sientan libres de llevar a sus amistades al hogar y puedan sentirse cómodos en ese contexto, para lo cual es fundamental que los padres no realicen críticas ni juzguen a los invitados de sus hijos.
Idealmente, compartir como familia e integrar a las amistades de los hijos, puede ser una buena estrategia, sin embargo para que aquello acurra de manera fluida, es necesario crear un clima que lo permita, que resulte atractivo para todos y que no resulte ser una situación forzada, a su vez es importante que el adolescente posea espacios de intimidad para sí mismo y con sus pares, ya que no se debe perder de vista que el joven anda en busca de una identidad propia.
A este respecto, Wicks-Nelson (2004, p. 253) sostiene que “identidad versus confusión de la identidad es el quinto estadio psicosocial de Erikson, que se suele experimentar durante la adolescencia. En este estadio, la persona se enfrenta al descubrimiento de quién es, qué hace en la vida y hacia dónde va”. Todo este cuestionamiento resulta coherente con el desarrollo cognitivo alcanzado, en el cual comienzan a pensar en el futuro, fantasean con la carrera que quieren estudiar, a qué se van a dedicar en la adultez, la formación de una familia, entre otras. De esta manera comienza una metamorfosis en torno a encontrar el real sentido de su existencia.
Finalmente, los niños nacen biológicamente aptos para conseguir ser felices y dichosos, sin embargo es el ambiente el que moldea su destino, en este sentido, la educación de las emociones juega un rol fundamental para enfrentar con vulnerabilidad o fortaleza la vida y sus desafíos (Céspedes, 2008) lo cual se hace extensivo a lo largo de toda su existencia.
Bibliografía:
• Bórquez, S. (2006). Psicología del adolescente. Santiago: Editorial Debate.
• Céspedes, A. (2008). Educar las emociones. Educar para la vida. Santiago: Ediciones B Chile S.A.
• Langford, S., Opazo, P. (2010). De regreso a la armonía. Santiago: MN Editorial Limitada.
• Santrock, J. (2003). Adolescencia. Madrid: Cofás S.A.
• Wicks-Nelson, R., Israel, A. (2004). Psicopatología del niño y del adolescente. Madrid: Fareso.
Es oportuno considerar que el bienestar de los jóvenes, no sólo tiene que ver con su condición económica, sino también con el contexto social y político, por consiguiente, el cuidado y los mecanismos de prevención en torno a los menores de edad, variara dependiendo del lugar del mundo en el cual éste habite. (Wicks-Nelson, 2004) En este sentido, los adolescentes de nuestro país se ven enfrentados a identificar sus intereses y por consiguiente, cimentar las bases de lo que se será su futuro, debiendo conjugar, en muchas ocasiones, las expectativas que la familia ha depositado sobre ellos y cumplir con exigencias académicas que le son inherentes, lo cual implica un estrés adicional.
Dado lo anteriormente expuesto, resulta relevante poner atención a la salud mental de los jóvenes, ya que pese a poseer buena salud física, salvo excepciones, podrían darse casos en los que se susciten trastornos de diversa índole, entre los que se destacan dietas peligrosas, (con su consecuente desequilibrio nutritivo) bulimia, anorexia, obesidad, episodios de violencia, depresión, (llegando a extremos tales como el suicidio) dificultades en la orientación sexual, consumo excesivo de alcohol y drogas, trastornos de la conducta disocial, delincuencia juvenil, uso de estimulantes, trastornos obsesivo-compulsivos, trastornos de bipolaridad, esquizofrenia, trastornos del desarrollo de la personalidad, entre otras (Santrock, 2003) En estas situaciones es fundamental actuar a tiempo y pedir la ayuda de profesionales especialistas en el área para lograr una intervención oportuna, eficiente y efectiva. Claro está, que la prevención juega un rol fundamental, en este sentido la educación y formación en ámbitos como el fortalecimiento de la voluntad (este último, antes de los 5 años de edad) por parte de los padres resultan ser agentes de gran utilidad. Por consiguiente, los padres son los principales encargados orientar conductas a seguir, estableciendo límites claros, desarrollando la capacidad de espera y propiciando la tolerancia a la frustración, entre otras habilidades.
Por otra parte, la búsqueda constante de una identidad propia resulta ser una tarea titánica en la que, los adolescentes, deben evaluar detenidamente variadas alternativas, en pro de la consecución de conclusiones propias y decisiones tomadas por ellos mismos (Bórquez, 2006), en este contexto, se ven interesados en experimentar nuevas sensaciones, generalmente, como integrantes del grupo de pares al que pertenezca, llevando a cabo conductas límites y/o de riesgo. Estas conductas revisten un peligro para el desarrollo positivo de los jóvenes, en tanto no sean capaces de establecer sus propios límites de acción, sobre todo cuando es el grupo de pares el que exige y presiona ante una situación determinada, teniendo en cuenta que lo que los hace permanecer unidos es una conciencia de solidaridad que, en ocasiones puede ser mal entendida.
Por otra parte, es importante destacar que, por lo general, existe un líder y, dependiendo de su forma de actuar, puede incitar al resto a desarrollar actividades que, aunque no quieran o consideren incorrecto ejecutarlas, sienten miedo de que su oposición pueda relegarlos del grupo. En este sentido, considero importante que los padres conozcan al grupo de amigos de sus hijos y a sus padres, creando instancias para compartir con ellos, dando espacios para que los adolescentes se sientan libres de llevar a sus amistades al hogar y puedan sentirse cómodos en ese contexto, para lo cual es fundamental que los padres no realicen críticas ni juzguen a los invitados de sus hijos.
Idealmente, compartir como familia e integrar a las amistades de los hijos, puede ser una buena estrategia, sin embargo para que aquello acurra de manera fluida, es necesario crear un clima que lo permita, que resulte atractivo para todos y que no resulte ser una situación forzada, a su vez es importante que el adolescente posea espacios de intimidad para sí mismo y con sus pares, ya que no se debe perder de vista que el joven anda en busca de una identidad propia.
A este respecto, Wicks-Nelson (2004, p. 253) sostiene que “identidad versus confusión de la identidad es el quinto estadio psicosocial de Erikson, que se suele experimentar durante la adolescencia. En este estadio, la persona se enfrenta al descubrimiento de quién es, qué hace en la vida y hacia dónde va”. Todo este cuestionamiento resulta coherente con el desarrollo cognitivo alcanzado, en el cual comienzan a pensar en el futuro, fantasean con la carrera que quieren estudiar, a qué se van a dedicar en la adultez, la formación de una familia, entre otras. De esta manera comienza una metamorfosis en torno a encontrar el real sentido de su existencia.
Finalmente, los niños nacen biológicamente aptos para conseguir ser felices y dichosos, sin embargo es el ambiente el que moldea su destino, en este sentido, la educación de las emociones juega un rol fundamental para enfrentar con vulnerabilidad o fortaleza la vida y sus desafíos (Céspedes, 2008) lo cual se hace extensivo a lo largo de toda su existencia.
Bibliografía:
• Bórquez, S. (2006). Psicología del adolescente. Santiago: Editorial Debate.
• Céspedes, A. (2008). Educar las emociones. Educar para la vida. Santiago: Ediciones B Chile S.A.
• Langford, S., Opazo, P. (2010). De regreso a la armonía. Santiago: MN Editorial Limitada.
• Santrock, J. (2003). Adolescencia. Madrid: Cofás S.A.
• Wicks-Nelson, R., Israel, A. (2004). Psicopatología del niño y del adolescente. Madrid: Fareso.
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