jueves, 28 de abril de 2011

Familia sana: base del desarrollo armónico de los niños.

La familia resulta ser una institución fundamental dentro de la sociedad, en la cual cada uno de sus integrantes es importante, ya que se constituye como una pieza clave, única e irrepetible, digna de dar y recibir afecto, confianza y contención, propiciando de esta manera la formación de personas integrales y sanas, aptas para integrarse en el mundo social de una forma positiva. En este contexto, cabe hacer una distinción entre familia nuclear (padres y sus hijos) y familia extensa (padres, hijos, abuelos, tíos, entre otros).
Si bien es cierto, la familia extensa juega un papel destacado, sobretodo en lo que al desarrollo de la inteligencia emocional se refiere, es fundamental que los roles se encuentren bien definidos. Concordando con Langford y Opazo (2010), los padres deben ser la primera autoridad para los hijos, son ellos quienes, previo acuerdo, proporcionan las directrices que rigen el funcionamiento armónico dentro de la familia, dando las pautas a seguir y dejando en claro que el amor y la confianza son la base de la estructura familiar, lo cual implica que los padres confían en las capacidades de los hijos y, a su vez, los hijos confían en sus padres y en las buenas decisiones que van a tomar, basados en que son precisamente ellos quienes más los quieren y jamás tomarían una decisión a conciencia con el fin de dañarlos (padre y madre, poseen igual jerarquía en la toma de decisiones). Por consiguiente, la autoridad de los padres es fundamental, ya que se constituye como un ente facilitador en la educación, en este sentido, la existencia de roles y responsabilidades claras para cada uno de los integrantes del núcleo familiar debe definirse, a modo de normativas, con el fin de lograr resultados óptimos.
En este contexto, resulta interesante agregar que la familia es la primera entidad en la que las personas aprenden a comunicarse, lo cual va a repercutir en las futuras relaciones interpersonales que se establezcan, por lo cual, una comunicación efectiva y eficiente es un ingrediente que no puede faltar en una educación de calidad, en palabras de Lyford y otros (2006), la comunicación entre padres e hijos, se debe caracterizar por saber escuchar, atender a los mensajes corporales de nuestro interlocutor, comprender y expresar sentimientos, hablar de manera clara y precisa, para no inducir a errores, evitar discusiones y realizar refuerzos positivos.
De esta manera, los niños (as) se encuentran en buen pie para integrarse a la sociedad, nutridos con valores socialmente aceptables y con la capacidad de “discernir entre lo correcto y lo incorrecto”, según expresa Céspedes (2008), lo cual resulta ser una condición básica para el desarrollo de la inteligencia emocional, tan necesaria para estar y sentirse bien consigo mismo y entablar relaciones positivas con los demás.
Lo anteriormente expuesto representa el contexto familiar ideal para que un niño (a) crezca e inicie su formación, sin embargo esto no siempre ocurre, por lo cual la escuela juega un rol educativo tanto para padres y apoderados como para los educandos que acoge en sus aulas. En este sentido los educadores (profesores, técnicos, psicólogos, terapeutas ocupacionales, fonoaudiólogos, entre otros) deben mantener una comunicación eficiente para poder actuar coordinadamente en pro de una educación de calidad, donde se triangule la relación padre/apoderado, alumno (a) y escuela, haciendo uso de cada una de las instancias educativas a modo de herramientas para conseguir el fin esperado. Sin embargo, muchas veces el rol de la escuela y, específicamente, el de los profesores se ve en desmedro, debido, entre otros factores, a que pareciera que los padres consideran que pueden y deben decidir sobre el trabajo del docente, en este contexto, la participación de los padres es muy importante, pero se debe contener dentro de un marco que no interfiera en el quehacer docente, ya que este tipo de comportamiento termina por desautorizar a los profesores, lo cual repercute negativamente en la triangulación antes mencionada.
La escuela y la familia pueden llegar a ser una alianza productiva pero para que ello ocurra, ambos estamentos deben establecer una relación positiva, basada en el mutuo apoyo, teniendo como objetivo la educación del niño (a).

Bibliografía:

• Céspedes, Amanda (2008). Educar las emociones. Educar para la vida. Santiago: Ediciones B Chile S.A.

• Céspedes, Amanda (2008). Niños con pataleta, adolescentes desafiantes. Santiago: Editorial Vergara.
• Langford, S. Opazo, P. (2010). De regreso a la armonía. Santiago: MN Editorial Limitada.
• Lyford-Pike, A. Ciompi, M. Soler, M. (2006). Hijos con personalidad…raíces y alas. Santiago: Ediciones Universidad Católica de Chile.

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